Hace más de 2.500 años los galos eran los más ricos y más numerosos de los pueblos celtas. Su preeminencia era tal que los griegos y los romanos llamaban a los celtas: galos. El año galo se acababa a finales del verano, lo que hoy es el día 31 de octubre. Los rebaños se devolvían a los prados a los establos, y se le agradecía al sol por la cosecha que representaba una ayuda para combatir las tinieblas y el frío.
Este último día del año, los galos suponían que los espíritus podían hacerles una visita breve a sus padres, mientras que el Dios de la muerte intentaba reunir las almas de los que habían muerto durante el año con el fin de revelarles su suerte.
En esta noche del 31 de octubre al 1 de noviembre comenzaba el Samhain. Durante esta primera noche del nuevo año los celtas ejecutaban toda una ceremonia rigurosa con el fin de asegurarse de un excelente año venidero.
La fiesta de Samhain era la más importante de las fiestas celtas. La carne de cerdo comúnmente servida entre los celtas, era reemplazada esa noche por dos toros blancos atados por los cuernos, sacrificados después de la cosecha del muérdago. El festín reunía todo el pueblo. Bebían cerveza, vino, hidromiel... La fiesta duraba de una semana a quince días y para estar seguros de asustar los espíritus, los celtas se disfrazaban y se caracterizaban con trajes terroríficos.
Incorporar la fiesta de Samhain al calendario católico se prolongó durante varios siglos. En el Siglo Vlll, el papa Gregorio III desplazó la fiesta de los Santos a noviembre. Hacia el año 840, el papa Gregorio IV instauró el día de todos los santos, decretando que ese día y la víspera serían festivos. El nombre de Halloween, como conocemos actualmente a esa noche, proviene de aquí. La palabra inglesa que se utilizo para designar el Día de todos los Santos es “All Hallows' Day “y para la víspera de ese día se llamó “All Hallow‘s Eve”.
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